Delicadeza de un beso floreciente.

Un pincel voló por los aires para explotar en la pared mas cercana, manchandola de un fuerte rojo burdeos. El rostros del artista mostraba la locura que consumía su mente, la frustracion que en sus ojos se reflejaba. Su rostro estaba bañado en lágrimas que dolían como si cortaran la piel a su paso, su garganta estaba reseca de tanto llorar y gritar.

Vio las consecuencias de su ira en su propia habitación, su ataque furioso la había dejado irreconocible, pagando un precio que el artista ni siquiera había pensado en imponer.

Se sentía tan abatido, descorazonado, casi sediento. Soñó... soñó que el mundo era un caos, todo el mundo padecía una ser turbulenta de odio y muerte... Ya no podía sentir. Se estaba ahogando en su propia miseria.

Su móvil empezó a sonar desde algun punto de aquel desordenado apartamento, tuvo que remover trapos coloridos, caballetes y pinceles para encontrarlo. Era un mensaje de su abogada, una nueva inversionista estaba interesada en aportar para su galería. Una nueva galería. Sus pensamientos se enredaron unos con otros. No quería discutir sus criterios con ignorantes que solo buscaban dinero y nuevas tendencias, menos ahora que sus obras eran subastadas para excéntricos millorarios con vidas patéticamente exitosas.

La sociedad estaba enferma y sus exposiciones artisticas no hacían mas que alabar dicha creencia. Quería criticar y hacer conocer su posición ante esa realidad, implantarla a fuego en sus próximos óleos.

Un ruido ensordecedor le hizo despertar, salir del caos que era su mente. Era la chica que le ayudaba a mantener su santuario -o departamento- en condiciones medianamente humanas, que al abrir la puerta se había llevado por delante unos cuantos lienzos en blanco.

La joven miró a su alrededor desde su posición en el rellano, y con un suspiro entre aburrido y de confundida admiración empezó a recoger aquel desorden.

El artista se había quedado mirando a la muchacha desde un rincón, dejando silenciosamente que pusiera orden en los desordenes que eran su habitación y su cabeza. Porque cada pincel que ella limpiaba, un pensamiento de él cobraba sentido. Recogía lienzos e ideas, inconscientemente. El artista solo podía admirarla vagar de un lado a otro, soñando despierto que el universo volaba junto al soplo de las pisadas femeninas.

Le llevo un momento que la idea tomara forma en su cabeza. Se levantó de su posición, era hora de teñir el lienzo, un momento de hermosura donde la lira que guiaba sus pinceles había regresado a él.
Sabía el qué, sabía el por qué y sabía el quien lo inspiraba inmensamente.

Cuando observó, todos sus implementos estaban listos y dispuestos para él. No tenía tiempo de agradecer a su compañera, pero ya lo haría mas tarde. No podía pensar en nada tanto como en ella, era un impulso sospechoso, pero suficiente para encontrar el señuelo de su perfecta musa.

Puso el lienzo en el caballete ensamblado en la estancia, prendió un poco de fuego para mantener su nueva visión encendida y sus manos energéticas. La bella mágia de la luna nunca fallaba en darle su brillo único, y la tenue brisa de su ventana era sedante. Veía la luna, su eterna musa y las tenía a ambas grabadas en su mente.
El mundo estaba en guerra en su cabeza y sentía miedo mientras su mano guiaba los colores espesos del óleo sobre la tela... Un universo frío y cálido.
Dos amantes en un mismo cielo y en un mismo infierno.
Miraba a su ventana y regresaba a su pincel, que besaba la paleta de colores para volver a abrazar la tela sobre el caballete.

Eran dos amantes en la tierra, besandose. Dos amantes en la grava de una noche absurda, con el cosmos turbulento a su alrededor, pero aun así solo existian ellos dos. Su beso era puro aunque extrinsecamente hubiese incomprensión, caos y soledad; la guerra enmarcaba su hermosa alegoría. Pero no era parte de ella.
El artista escuchaba gritos silenciosos salir de su propia creación. Sus dos apasionados protagonistas sufrian, pero insistian en su abrazo y luchaban silenciosamente por evadir su propio dolor, vivian su propia pesadilla juntos.

Su mundo volvía a caer en la negra oscuridad. Su cuerpo temblaba ansiosamente, el pincel resbalaba perezoso entre sus dedos.

Y como una descarga eléctrica, el tacto de una diminuta mano posada sobre su hombro le hizo volver a poner los pies en la tierra, ya no era tan volátil, su musa le ataba con cuerda de acero a la realidad.

Su sonrisa le llenaba las venas de vida, sus ojos eran el reflejo de su propia alma atormentada. Ella era la flor que sobrevivía a la sequía; la certeza de que la luna, aun oculta entre las nubes, estaba ahí; aun en los rincones mas oscuros del universo, ella daba la fe de que siempre habría amor.
Volvió la mirada de su musa a su dibujo. Una pieza de arte intacta. Los amantes se besaban en el centro del recuadro.

Ya no había gritos, solo el rumor delicado del beso floreciente. Ahora era la luz que se encuentra aun cuando se está sumergido en la oscuridad, la motivación de que si te estas ahogando en tu propio caos, se aprende a nadar en él. Y si no puedes nadar, entonces se aprende a respirar bajo la tormenta de aguas turbulentas que te ostigan.

Había cosas que no eran perfectas, pero el amor las hacía perfectas. Ella, por ejemplo. Un encanto perspicaz que abrumaba su conciencia y estremecía sus sentidos.

Estas enamorado de una muñeca.

Pero vamos a ver, ¿no te das cuenta de que el reflejo que ves en sus ojos es similar al del cristal? Y no lo és porque ella es demasiado humilde y se conforma con el plastico. No lo sé, creí que lo sabías.
Si, lo sé, anda y sonrie y vive, pero tus sentimientos no deben tener tanta profundidad como para no haberte fijado en las translucidas cuerdas que la manejan. Que estiran cada extremo de su boca para que una simple mueca se asemeje a una sonrisa, para que nadie se de cuenta.
Solo tendrías que haberte fijado mejor aquellas noches en las que tú decias que la amabas hasta la locura. Solo tendrías que haber pasado más lentamente las manos por sus largas piernas. Solo así te habrías dado cuenta de que su piel de seda no es más que eso, de un tejido que ni late ni padece, que solo está para que las personas como tú disfruten contemplando cada centímetro teñido de belleza.
No voy a hablarte de su pelo porque sería un sacrilegio que una boca tan vulgar y sucia como la mía lo nombrara, pero te diré que el fulgor azabache es la única emoción que su persona te puede transmitir.
Porque ella tan solo es una muñeca, que se deja llevar, que no sabe darte una respuesta en concreto, que no puede pensar (porque las muñecas no pueden pensar, claro) y que, muy en el fondo, solo espera la hora en la que alguien aparezca para llamar a su hada, esa hada que puede hacerla volver a sentir como una mujer de verdad.



Pero, entre tú y yo, creo que esa hada la ha inventado su ilusíon por volver a pisar el mundo con sus propios pies.