Estas enamorado de una muñeca.

Pero vamos a ver, ¿no te das cuenta de que el reflejo que ves en sus ojos es similar al del cristal? Y no lo és porque ella es demasiado humilde y se conforma con el plastico. No lo sé, creí que lo sabías.
Si, lo sé, anda y sonrie y vive, pero tus sentimientos no deben tener tanta profundidad como para no haberte fijado en las translucidas cuerdas que la manejan. Que estiran cada extremo de su boca para que una simple mueca se asemeje a una sonrisa, para que nadie se de cuenta.
Solo tendrías que haberte fijado mejor aquellas noches en las que tú decias que la amabas hasta la locura. Solo tendrías que haber pasado más lentamente las manos por sus largas piernas. Solo así te habrías dado cuenta de que su piel de seda no es más que eso, de un tejido que ni late ni padece, que solo está para que las personas como tú disfruten contemplando cada centímetro teñido de belleza.
No voy a hablarte de su pelo porque sería un sacrilegio que una boca tan vulgar y sucia como la mía lo nombrara, pero te diré que el fulgor azabache es la única emoción que su persona te puede transmitir.
Porque ella tan solo es una muñeca, que se deja llevar, que no sabe darte una respuesta en concreto, que no puede pensar (porque las muñecas no pueden pensar, claro) y que, muy en el fondo, solo espera la hora en la que alguien aparezca para llamar a su hada, esa hada que puede hacerla volver a sentir como una mujer de verdad.



Pero, entre tú y yo, creo que esa hada la ha inventado su ilusíon por volver a pisar el mundo con sus propios pies.

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